“El gobierno de Kirchner maneja muy bien el aparato de difusión pública. Hay una cantidad de sectores, incluidos dentro de los medios, de acuerdo con esto “, asegura Héctor Schmucler, especialista en comunicación. Un presidente que ha demostrado a lo largo de su período de gobierno una preocupación excesiva por su imagen pública, es lo que se puede inferir del abordaje del uso de la comunicación política que se pretende transmitir a la ciudadanía.La búsqueda constante de realizar anuncios grandilocuentes, como los proyectos de inversiones acordados con China, por un monto cercano a 20.000 millones de dólares en un período de varios años; o las rimbombantes líneas de créditos hipotecarios a tasas accesibles, destinado a la clase media.
Ambos anuncios parecieron más cercano a “fuegos artificiales” que a visos de realidad, visto su nula o escasa concreción.
Este ensalzamiento escénico queda patentizada en la decisión de dar a publicidad unicamente buenas noticias, como la caída del desempleo y de los índices de pobreza e indigencia.
Pero es imposible verlo aparecer cuando se trata de afrontar situaciones harto conflictivas,
que puedan dañar su posición política y la marcha de su gobierno: su prolongado silencio sobre la tragedia de Cromañón o la muerte del docente neuquino Carlos Fuentealba, ratifican la vía de escapar a lo que traiga aparejado situaciones conflictivas o problemáticas.
Es muy común que use como voceros de los temas críticos al Jefe de Gabinete, Alberto Fernández y al Ministro del Interior, Aníbal Fernández, quienes son los encargados de sentar la posición oficial y de comunicar lo que el primer mandatario no quiere o no puede decir.
Para completar el cuadro de política de comunicación pública, se niega a aceptar la realización de conferencias de prensa con periodistas, algo totalmente lógico y normal en la mayoría de las democracias occidentales.
Su voz totalizadora, poco permeable al posible disenso que podrían ocasionar preguntas urticantes, molestas o inconvenientes, muestran su temor a confrontar o discutir distintas opiniones o puntos de vista.
“Yo el supremo”
Schmucler destaca que “existe un exceso de cuidado por la estadística diaria, una especie de dificultad a aceptar la crítica, correcta o incorrecta y un temor de que cualquier fisura puede llegar a ampliarse y trastabillar el indudable prestigio y poder popular de votos que en este momento tiene. Se observa también un cuidado demasiado exagerado para que nada se escape. Esto no es beneficioso en la posibilidad de poder hablar sin miedo. No le hace ningún bien al espíritu de reflexión pública, que entre en sospecha los números que se dan sobre el aumento del costo de vida, en el cuál la realidad se impone. Existe el afán de controlar y de desprestigiar toda información crítica de los actos de gobierno, que no ayudan a una sana reflexión del conjunto de la población y tampoco ayuda al propio sistema de gobierno. El día que algo fracase, se corre el riesgo de que se venga abajo toda la estructura, que todo sea puesto en duda “.
No obstante, reconoce una mejora en el conjunto de la situación socioeconómica del país,
reflejado en lo que exhiben los medios y que, a la vez, condiciona lo político.
“No se en que medida lo mediático, en el sentido de la información que aparece en los medios influye demasiado sobre la voluntad política. Existe una complacencia de ciertos sectores de la población por cierta mayor capacidad económica, bienestar. Los índices son reales y este es el rostro más mostrable: disminuyó el desempleo, pese a que se amplió la brecha entre ricos y pobres. Lo político puramente, el mundo de las ideas, pesa mucho menos en la actualidad que cierta sensación de bienestar económico o de mejoría económica y esto no lo determinan los medios “, analiza Schmucler, desde su visión enfocada en la mediación dada por lo comunicacional en el escenario público.
Entre el proyecto y lo cotidiano
Sobre la forma en que el gobierno de Néstor Kirchner articula los distintos mecanismos que otorga la comunicación mediática -para imponer sus objetivos de gestión política-, el politólogo Mario Riorda expresa que “Kirchner es una mezcla con una lógica muy coherente de articulación de un largo plazo con el corto plazo”.
Las estrategias por el cuál se programa esta política que, se pretende consistente en el transcurso del tiempo, organiza un corpus sobre una idea central, direccionado sobre pautas definidas, que lo lleva a decir a Riorda que el largo plazo es “muy sistemático y muy escalonado: se inició en la campaña electoral y sigue tan vigente como antes, prácticamente sin cambiar una “coma”. Los objetivos de largo plazo son orientar la política en torno al Estado. Desde el momento que el asume, pero mucho antes, privilegia la noción de Estado, utilizando más de 20 veces esta palabra en su discurso de asunción. Se van centralizando 100% las acciones, no solo de control, sino de acción en torno al Estado: el peso que van teniendo la creación de nuevas empresas, el control de precios, del sistema judicial y el del sistema de medios, marcan una lógica”.
El corto plazo no mide consecuencias en la consecución de los objetivos planteados, conducido con mucha determinación y firmeza, caracterizado –según reafirma el Decano de la Facultad de Ciencias Políticas de la UCC- por ser “ abrupto, sorpresivo, duro, feroz, que le da vida a ese largo plazo, como éxitos constantes a modos de logros del día a día y bastante explícita en remarcarla. Desde ese punto de vista es “fenomenal”, en el marco de la forma en que articula la combinación de su largo plazo discursivo con un día a día más o menos efectivo. En la explicitación y concreción del día, se olvida recurrentemente de las formas y los modos de las prácticas institucionales republicanas, cosa que hasta ahora no ha provocado mayor daño a su imagen, tanto personal como de gestión. Aunque pueda gustar o no, hay una relativa coherencia discursiva “.
Un discurso doctrinario, de acumulación de poder y desarticulación de los focos posibles de oposición, muestran la posición en que la que se siente más a gusto nuestro presidente.
Riorda agrega dos elementos más sobre los que los refuerza Kirchner su forma de conducir este proyecto de país, el que luego es amplificado.
En un aspecto vemos lo ampuloso de “una política proactiva en el marco de los derechos humanos que se la está apropiando, aunque con cierta unilateralidad, de una manera bastante efectiva para su modo de pensar ”; por el otro, la impronta de “un modo de relacionarse con el mundo, en el sentido de que por la lógica de su visión de Estado, está priorizando determinados intereses en desmedro de otros. Los intereses están asociados a una lógica de cierto eje de centro-izquierda, de izquierda latinoamericana “.
Por su parte, el politólogo Fernando Ruiz evalúa que la estrategia comunicativa del gobierno es “muy eficaz desde el punto de vista de la acumulación de poder, pero no tan eficaz desde el punto de vista de una conducta republicana “.
Encuesto; luego decido
El complemento de la política comunicacional lo constituye el basarse en función de los datos que le acercan los consultores políticos: no parece equivocado asegurar que Kirchner es un político, como la mayoría, que hace un culto a la “encuestomanía”.
El uso de las distintas alternativas electorales, con el eje de ser aprovechadas en pos de la consolidación de su posición, surgen de la lectura de los sondeos de opinión y de las urgencias políticas del momento –vinculado a la necesidad de presentar una oferta electoral atractiva y a la imposibilidad de conseguir candidatos con chances de ganar.
Por ejemplo, un candidato de su entorno hoy puede presentarse en un distrito, para mañana postularse en otro. Es lo que sucedió con Cristina Fernández, que de desempeñarse como senadora por Santa Cruz, fue ubicada luego como postulante a senadora nacional por la provincia de Buenos Aires.
El caso del Vicepresidente Daniel Scioli es similar: parecía que iba a ser postulado a Jefe de Gobierno porteño, pero lo obligaron a “bajar” a la provincia de Buenos Aires para ser el candidato a gobernador por el Frente para la Victoria -donde las encuestas preanuncian un importante caudal de votos-, tal vez dejando un mejor lugar para Cristina, de quién se especulaba iba a ser la designada para ese distrito.
Siguiendo con esta línea, “sacrifica” dos ministros con alta consideración pública -como Daniel Filmus y Ginés González García- para introducirlos –respectivamente- en el ruedo de la compulsa para Jefe de Gobierno y legislador, intentando traspasar al terreno electoral algunos de los éxitos que se le reconocen a ambos funcionarios públicos: se puede tomar esto como expresión de esa comunicación política que remarca constantemente los logros obtenidos por el gobierno en la gestión de los asuntos públicos.
Sobre este punto, el politólogo Hugo Quiroga manifiesta que “a tono con los cambios de época el gobierno de Kirchner se apoya en una democracia de la opinión pública. La desinstitucionalización de la política también se vincula a los gobiernos personales que no favorecen ni refuerzan las estructuras partidarias y el rol del parlamento. Es decir, bajo un gobierno de la opinión pública, cuando hay una excesiva personalización del poder, en un contexto donde surgen nuevas formas de representación, se pone en entredicho la institucionalización de la política y se reduce, a la vez, el campo de actuación del parlamento. Entre los riesgos que existen en un gobierno de la opinión pública o en una democracia de audiencia o de lo público, en términos de Bernard Manin, que impone una nueva forma de representación, se pueden destacar, entonces, los que tienen que ver con una excesiva autonomía de los dirigentes, una escasa institucionalización de la política y una mayor volatilidad electoral “.
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