"Concebimos a las identidades políticas como prácticas sedimentadas configuradoras de sentido que definen orientaciones gregarias de la acción a través de un mismo proceso de diferenciación externa y homogeneización interna. Dicho juego suplementario entre la negatividad del antagonismo y la constitución de la propia identidad como tal, evoca la clásica distinción de Carl Schmitt entre el amigo y el enemigo como elemento definitorio de lo político".Gerardo Aboy Carlés, sociólogo
Cualquier grupo político necesita, para su consolidación como una entidad posible y durable, en un momento determinado, la reafirmación de una identidad.
Las identidades políticas son entendidas como un conjunto de prácticas y formas de asociación, en un proceso de construcción permanente.
La misma se compone de tres dimensiones:
En primer lugar, se encuentra el concepto de alteridad, que se reconoce como la disposición política por el cuál me opongo a "otro", visto como un enemigo: la instalación de una diferenciación determinada que funciona como un modo de antagonismo, referenciada desde una posición de exclusión.
La constitución de la alteridad, señala Aboy Carlés, aborda las discordancias en los modos de hacer política con relación a los asuntos públicos, a las disidencias de proyectos políticos relativos a modelos de gobierno y al tipo de dirigencia política al cuál se opone.
En este sentido, Ernesto Laclau habla de dos lógicas: la lógica de la equivalencia y la lógica de la diferencia y manifiesta que la identidad se concibe entre la homogeneidad del propio grupo y la necesidad de distanciarse de otros conjuntos políticos.
En segundo lugar, encontramos la dimensión representativa, como un modelo que remite a "quienes somos", relacionado a las banderas y consignas políticas que identifican a un grupo.
Se constituye una dimensión simbólica, determinada por distintas banderas y ritos: el poder se legitima -según enuncia el sociólogo George Balandier- por la producción de imágenes, la manipulación de símbolos y una organización que produce una "teatralidad estatal ".
Se constituye una dimensión simbólica, determinada por distintas banderas y ritos: el poder se legitima -según enuncia el sociólogo George Balandier- por la producción de imágenes, la manipulación de símbolos y una organización que produce una "teatralidad estatal ".
Es el tipo de relación que el enunciador propone al destinatario, dice Aboy Carlés, caracterizado por el tipo de liderazgo y el tipo de ideología que se expresa, la cuál debe respetar una cierta compatibilidad.
En tercer lugar, observamos la presencia de la perspectiva de la tradición, como el proceso de constitución de toda identidad vinculado a una relación "espacio-tiempo".La referencia al pasado, sostiene Aboy Carlés, es fundamental para construir un proyecto de presente y de futuro: en resumidas cuentas, es la posibilidad de un futuro en relación a una historia, determinado por el "donde venimos".
No hay comentarios:
Publicar un comentario