El comienzo de la década del 80 tuvo como hito central La Guerra de Malvinas en 1982 y la derrota en esta conflagración marcó el epílogo de la Junta.El contundente fracaso de esa experiencia militar provocó que la dictadura entrara en una crisis que ya se venía gestando -en parte por el desgaste político y por la falta de resultados económicos- pero que se intentó retrasar con la decisión de invadir las Islas del Atlántico Sur.
Si la idea de la guerra era fortificar el régimen ante la población, la derrota significó un salvavidas de plomo: a partir de ese momento, los militares se desbarrancaron en un manto de repudio y falta de credibilidad y legitimidad se instaló definitivamente.
El peso de las circunstancias obligaron a un llamado a elecciones, para dar paso a la recuperación de la democracia y el retorno de las instituciones.
Engaño
Los medios fueron usados por la dictadura de forma manipulatoria con el objetivo de legitimar la guerra de Malvinas. De esta forma fueron frecuentes las informaciones y noticias falsas y distorsionadas, con el fin de hacer creer a la población un “contexto” opuesto a la verdad
La televisión -por su alcance y por su misma lógica más proclive a mensajes de tinte manipuladores- fue el medio de comunicación elegido para “conducir” esta gesta patriótica, en derredor de la recuperación de las Islas.
Como corolario, pierde credibilidad por la escandalosa cobertura de la guerra.
Un nuevo ciclo
El 10 de Diciembre de 1983, Raúl Alfonsín asumió la presidencia de la Nación.
Desde la campaña y luego instalado en la Casa Rosada, hizo un fuerte llamadoa rescatar los valores tradicionales del radicalismo: la defensa de la democracia, el imperio de las institucionales y la legalidad, la civilidad y las posibilidades de atender los reclamos de justicia social.
Durante su gobierno se registra un proceso de exclusión/inclusión, con algunas particularidades.
La exclusión lo definía la violencia que había arrastrado el país: primero con la etapa del gobierno justicialista de los 70; después con la gestión de la dictadura.
Alfonsín hacía hincapié en este aspecto, que le supo otorgar mucho rédito político: su crítica de la violación de los derechos humanos y el recuerdo de las prácticas violentas del sindicalismo -con denuncia de un pacto militar-sindical- le confirieron el centro de la escena política en la primera parte de su gobierno.
“Un buen ejemplo es el paso de la estrategia radical desde 1983, cuando la necesaria epopeya de reconstrucción democrática necesitaba del impulso colectivo y masivo del “pueblo” para enfrentarse tanto a los detentadores del privilegio como a los falso representantes de sus intereses (políticos peronistas, dirigentes sindicales)“, describen Carlos Mangone-especialista en comunicación- y Jorge Warley –especialista en teoría literaria-.
Es decir que surgía claramente un quiebre con un pasado que la comunidad nacional lo rechazaba fervientemente.
Formaba parte de la “inclusión” el convencimiento de concebir a la formas democráticas como el pilar de cualquier construcción en que decidiera recrearse la sociedad argentina, ubicándose Alfonsín –según el sociólogo Oscar Landi- como la “mejor garantía ética que ofrecía la clase política del país”.
Para este fin, los procedimientos que utiliza el gobierno radical son -expone Landi- la revalorización de los procedimientos institucionales y la lucha contra la a-juricidad; efectivizada, por ejemplo, en el juicio a las Juntas Militares.
Las leyes de Obediencia Debida y Punto Final encontrarían su explicación en el valor de la defensa de las instituciones que proponía el mandatario radical: prefirió, en su lógica, ceder y hacer consesiones al poder militar antes que poner en riesgo las frágil democracia de ese momento (si bien con la aprobación de estas dos leyes se garantizó la impunidad, Argentina fue el único país del Cono Sur que juzgó las atrocidades cometidas por los militares).
El constitucionalismo decidido y el férreo rescate de la vigencia de los derechos humanos completaban las máximas alfonsinistas.
Desilución
De acuerdo a la opinión del sociólogo Gerardo Aboy Carlés, en el periplo radical se plantean ciertas rupturas con el modelo identitario caracterizado por un sistema de oposición política bipolar: estimulado por Alfonsín cuando hacía mención a la idea de conformar el “tercer movimiento histórico “, superación de los dos partidos tradicionales (peronismo y radicalismo).
Algunos de los símbolos usados por Alfonsín fueron la lectura del preámbulo de la constitución después de cada acto proselitista y la constante recordación -como ícono de su gobierno- de la “bandera” de la democracia, elemento imprescindible de la armonía y de la convivencia pacífica entre los argentinos.
Sin embargo, la estela de secuelas dejadas por los militares, con la consecuente desaparición de cuadros políticos y mensajes promoviendo la desmovilización -que contribuyeron fehacientemente el miedo colectivo- alteró el conjunto de prácticas e identidades políticas.
Se verifica una desestructuración de los marcos colectivos y una separación cada vez más acentuada entre los representantes y los representados.
Luego de cierto fervor, la falta de logros económicos de una democracia que estaba “obligada” a dispensarlos -como se había prometido- acentuó esta desconexión.
Las transformaciones en el orden social, como marcan los politólogos Martucelli y Svampa, con aumento de la pobreza -responsabilizada en la falta de soluciones efectivas que era incapaz de brindar la clase política- provocó un descreimiento en el hecho de que se pudiera asistir a transformaciones beneficiosas para el conjunto de la población.
Se manifiesta la imposibilidad de los partidos políticos de disponer de electorados fieles, el voto cautivo comienza a decrecer lentamente y se suceden modificaciones en el escenario político-social.
“Durante la década de los ochenta se habrían producido cambios significativos a nivel de la sociedad y de sus formas de expresión mediatizadas por las creencias, las expectativas y las demandas de los actores, que van configurando un modalidad de movilización orientada a objetivos específicos. Los llamados “nuevos movimientos sociales”, ya de que ellos se trata, operarían con una lógica y con unos ejes articuladores diferentes a aquellos de los movimientos sociales clásicos de la década d elos setenta, definiéndose ya no en términos clasistas o económicos, sino más bien por coincidencias de objetivos más sectoriales “, interpretan Alberto Minujín –sociólogo- y Eduardo Cosentino –abogado-.
Estos incipientes cambios en la subjetividad demostraron que se estaban gestando nuevos formas de acción colectiva, menos dependientes de los partidos políticos y más vinculados a una construcción distinta, que hicieron eclosión en la década siguiente.
Ciudadanía
El sociólogo Christian Ferrer refiere que “en la década del 80 se puso de moda una metáfora distinta: la de la recepción. A nadie se le oculta que dicha metáfora se acopla fácilmente al período en el cual los regímenes democráticos instauran una nueva forma de legitimar a un gobierno “.
El uso de los medios de comunicación y la política comunicacional de la época alfonsinista estuvo dado por remarcar el rescate del valor de la democracia -que para Landi- tuvo una “fuerte carga argumentativa”.
Las libertades y derechos individuales componían el discurso de Alfonsín, complementado con la apelación a demandas sociales: “Con la democracia se come, se cura y se educa.
El sesgo antiautaritario y los temas de la vida y la paz, tuvieron también un fuerte componente en el discurso oficial -expresa Landi- sindicando como manifestación más evidente al acuerdo por el Canal de Beagle.
La frontera que alza el discurso alfonsinista -expresa Aboy Carlés- es la contracara de la dictadura, pero también acompañaba a este relato la intención de cerrar el ciclo de Peronismo-antiperonismo.
En los 80, el destinatario del mensaje era el ciudadano, con apelaciones que se incluían en la propaganda del gobierno como el: “Usted sabe”.
Se usa los medios y la propaganda para introducir en 1985 “la problemática de la necesidad de modernizar el país” -como referencia Landi- vinculado al cambio de leyes laborales, la ley del divorcio, el cambio de la capital y la privatización de las empresas estatales.
Los medios comienzan a constituirse en actores importantes de la esfera pública y de acuerdo a la postura del sociólogo Heriberto Muraro, “ intervienen en ese torneo simbólico, formulando sus propias opiniones, dando información o seleccionando partes de los mensajes recibidos “.
En esa década, la televisión -según el semiólogo Eliseo Verón- se destaca por ser el principal soporte (ya había tenido una vigorosa presencia durante la cobertura de Malvinas y había demostrado su poder movilizador).
Se vive, entonces, el comienzo de una presencia inmanente de este medio en la vida de los ciudadanos y en su relación con lo público.
Esto es tan así que queda reflejado en la descripción que efectúan las especialista en medios Stella Martini y Lila Luchesi, cuando describen una situación que se produce durante el levantamiento carapintada de Pascuas de 1987: “Ante los ciudadanos que en la Plaza de Mayo piden explicaciones sobre el levantamiento militar, el ex presidente Raúl Alfonsín pide la desconcentración y aconseja seguir los acontecimientos en la televisión “.
Vías de expresión
El discurso partidario -sostiene Landi- queda “dominado por la inercia temática y la desorientación defensiva en más de un caso”.
Los partidos políticos, por la interrupción democrática acaecida, se vieron compelidos a un escaso contacto con los medios de comunicación, en el cuál anteriormente la presencia partidaria había tenido un lugar muy importante como transmisor de ideas y de concepciones políticas.
Asimismo, surge la mediatización de la política, con el uso acentuado de la comunicación y la propaganda política y se comienza a descubrir la potencialidad de los sondeos de opinión.
Esto se desencadena como correlato de una nueva fase que alcanza la política y la necesidad, ante la incipiente crisis de representación y desafectación política que se comienza a verificar, de utilizar todas las instrumentos posibles con el intento de “seducir” al votante.
Finalmente, los medios comienzan a ser usados para realizar diversos reclamos, referente a demandas políticas y los nuevos movimientos sociales empiezan a descubrir su potencialidad como forma de visibilización social y de interpelación al poder político.
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