El progresivo agotamiento de la experiencia militar de fines de los 60 y principio de los 70, dio paso en la primera parte de esta década -luego del levantamiento de la proscripción del peronismo- al retorno del Partido Justicialista a la conducción del país.Pese a que la situación y el contexto eran muy distintos con respecto a los gobiernos anteriores de Juan Domingo Perón, el peronismo defendía rasgos históricos que explicaban su preponderancia dentro del sistema político argentino.
El peronismo significó, desde sus orígenes y en su desarrollo posterior, una presencia muy fuerte del modelo “nacional-popular”, apoyado -como sostienen los politólogos Danilo Martucelli y Maristella Svampa- en una ideología nacionalista, que auspiciaba la identificación entre partido-nación.
Este modelo político reservaba una función vital al Estado, como marco y herramienta de “una transformación en función de intereses mayoritarios, expresado en el proyecto nacional ”, analiza el politólogo Daniel García Delgado.
Finalmente, se producía una relación simétrica entre las masas, las organizaciones y el líder y una determinación de estipular una concepción movimientista de la política y la sociedad -como consideran Martucelli y Svampa-, que dotaba de reconocimiento a los sectores populares y permitía la conformación de actores colectivos, a través de la “imbricación entre sistema partidario y organización social”, como afirma García Delgado.
En este caso, se puede ver la irrupción del peronismo, como la encarnación de un poder fundante de un nuevo esquema de identidad política -que radicaría en la instauración de una conducción determinada- que se puede emparentar con el concepto del sociólogo Alain Touraine, quien explica que “la clase dirigente tiene dos características: por una parte es la expresión social del modelo cultural y, por otra, ejerce una coerción sobre el conjunto de la sociedad. Es decir que esta clase es también dominante porque crea el modelo cultural y se apropia de él: se sirve de él para construir su poder “.
“La patria peronista”
Considerando específicamente el accionar del justicialismo en el poder durante ese interregno de comienzos de los 70, la politóloga Inés Pousadela sostiene que el peronismo se veía a sí mismo como un “movimiento potencialmente hegemónico”, como verdadera encarnación de la “unidad nacional ”. Es decir que se mantenía firme la tradición peronista, de un pasado que se extrapolaba a un presente distinto.
Se mantenía una relación de identificación entre representantes y representados, el continuado auspicio de “la existencia de un sujeto histórico considerando el pueblo en la conformación de la nación”, como expresa García Delgado.
Su estandarte era el reforzamiento de la posición de la clase obrera como sujeto de protagonismo en el escenario político-social-, que permitía -como indican los historiadores Darío Macor y César Tcach- “la consolidación de la identidad política colectiva de los sujetos implicados”.
La política, seguía siendo concebida por el peronismo -como lo marca su irrupción- como la “creación, reproducción y transformación de las relaciones sociales “, según estipula Inés Pousadela.
En el plano político, se manifestaba el predominio de las ideas socialistas: esto determinaba que en la esfera económica se pretendiese mantener el objetivo de una transformación demarcada por la plena vigencia del Estado de Bienestar, con la ingerencia determinante de poderes estatales para regular y distribuir, según se pensaba conveniente y satisfactorio para garantizar el bienestar colectivo.
“La Argentina se ha convertido en un campo de saqueo de los intereses extranjeros. Al tiempo que los empresarios nacionales se hallan postrados, jaqueados por la quiebra y por la desigual competencia de los monopolios, el Estado asiste impávido al triunfo de lo extranjero sobre lo nacional ”. protestaba el Presidente Héctor Cámpora, el 25 de Mayo de 1973, en el discurso inaugural de su breve presidencia.
El peronismo persistía, como vemos, en mantener un modelo de país independiente y soberano de los grandes poderes internacionales, expresado en la tercera posición tradicional del peronismo y su participación en el grupo de los países no alineados.
En la caracterización del concepto de amigo/enemigo -que demarca una identidad política- se reivindicaba lo nacional y popular, antítesis de un opuesto definido por “la oligarquía, el establishment, el antipueblo”. Se acusaba a estos grupos de pretender “saquear” y expoliar a los sectores populares; defensores de intereses minoritarios preocupados solamente por la ganancia a expensas del esfuerzo argentino.
“El hombre argentino sabe, en carne propia, de la explotación a que es sometido por el régimen. Mientras avanzaban la concentración de la riqueza, y la desnacionalización de nuestra economía y el endeudamiento, la participación de los asalariados en el ingreso nacional disminuía drásticamente. Los monopolios y las oligarquías fueron los beneficiarios directos de esta explotación del trabajo humano “. acusaba el Presidente Cámpora, en el mismo discurso.
Liturgia
Las representaciones de esa época transcurrían por conservar la liturgia peronista tradicional de los actos en Plaza de Mayo, donde se recreaba la relación entre el líder -fundamentalmente Perón pero también Cámpora- y las masas y la manifestación de mucha esfervescencia y movilización popular.
Algunos de los símbolos tradicionales de esa época remitían a los íconos que representaban el “sentir peronista”, como los rostros en los actos de Perón y Evita, la música estelar de la marcha peronista, los bombos.
Y algunas de las consignas más utilizadas eran: “Dependencia o liberación nacional” o aquella de “Perón, Evita, la patria socialista”; la consigna -como ponderan Carlos Mangone-especialista en comunicación- y Jorge Warley –especialista en teoría literaria-, sirve para realizar una tematización de lo político, que graficaba el tiempo político que se vivía y el proyecto colectivo que se deseaba.
Este ciclo tendió irremediablemente a concluir luego de la asunción de María Estela Martínez de Perón quién, con su viraje político, comenzó a impugnar la cosmovisión histórica del peronismo, como la antesala de lo que vendría más tarde.
Adoctrinamiento
En este contexto, el rol que le cupo a los medios de comunicación en la construcción de la identidad peronista durante los 70, fue el de constituirse como usinas de generación de un pensamiento que anhelaba una sociedad más justa e integrada.
Los medios eran vistos como aparatos ideológicos del Estado, según la categorización del filósofo Louis Althusser, o como órganos de gobierno.
La estatización de los canales de televisión -quienes permanecían bajo la órbita privada- fueron usados, en algunas circunstancias, para la reafirmación del “antiimperialismo”.
También resultaba significativa la impronta de la prensa partidaria, caso el Descamisado -órgano de difusión de los Montoneros-, que difundía la postura inequívoca de la “patria socialista”.
En esos años, el destinatario del mensaje fue el “pueblo y la clase”.
Aniquilación
En la segunda parte de la década el 70, el golpe de Estado del 24 de Marzo de 1976, se estableció un pronunciado viraje con el tipo de política que planteó a nivel general el peronismo durante las presidencias de Cámpora y de Perón, pese a que no significaron la misma orientación en las acciones gobierno, visto el perfil izquierdista que detentaba Cámpora.
El caos político y el desmanejo en todos los niveles -en especial el económico- del gobierno de Isabel Perón, junto a la anarquía desencadenada por la “guerra” contra la subversión, abrieron la puerta y crearon las condiciones propicias para alterar las instituciones.
“Laclau y Zac afirman que es perfectamente posible que en situaciones de desorganización social el orden político existente, cualquiera que sea, obtenga su legitimación, no como resultado del valor de sus propios contenidos, sino debido a su capacidad para encarnar el principio abstracto del orden social como tal “, enuncia Benjamín Arditi, teórico político.
Precisamente esa situación de desorden legitimó el golpe, reclamado por muchos sectores sociales que decían que era imprescindible la “solución” militar para volver a instaurar la tranquilidad extraviada en la república.
“En la Argentina deberán morir todas las personas necesarias para lograr la paz del país”, anunciaba Jorge Rafal Videla, en la Conferencia de Ejércitos Americanos, escenificada en Montevideo el 23 de Octubre de 1975.
Desde un comienzo se mostró distinta de las “dictablandas” , como se catalogaba a las anteriores experiencias de Juan Carlos Onganía, Marcelo Levingston y Alejandro Lanusse. El decidido objetivo de constituir el marco “fundante” de una nueva etapa, era un paradigma que prohijó la lógica de todas las medidas que se adoptaron.
La dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla adhería a los valores tradicionales que propugnan los militares: un catolicismo muy acendrado y un ferviente nacionalismo, pero claramente alejado de lo popular.
El Acta de la Junta Militar del 24 de marzo de 1976 precisaba nítidamente los objetivos perseguidos. Se buscaba “restituir los valores esenciales que sirven de fundamento a la conducción integral del Estado, enfatizando el sentido de moralidad, idoneidad y eficiencia, imprescindibles para reconstruir el contenido y la imagen de la Nación, erradicar la subversión y promover el desarrollo económico de la vida nacional basado en el equilibrio y participación responsable de los distintos sectores “.
En el campo político se eligió como blanco enemigo al marxismo -encarnado por los grupos subversivos-, que había que desterrar de la forma más contundente posible.
Raíces
La rígida creencia en este conjunto de valores enunciados le otorgaban una identidad cierta a esa política militar, impulsada por la búsqueda de provocar -como sostiene el sociólogo Oscar Landi- un “cambio de mentalidad”, “disciplinamiento” y la consolidación de una “cultura del miedo”, trasladándose al terreno de la educación y de las ideas.
“Hasta el presente, en nuestra guerra contra la subversión, no hemos tocado más que la parte del iceberg (...) Ahora es necesario destruir las fuentes que forman y adoctrinan a los delincuentes subversivos, y esta fuente se sitúa en las universidades y en las escuelas secundarias. La influencia más peligrosa es la ejercida por los universitarios formados en el extranjero, y más precisamente en la Sorbona, Dhauphine y Grenoble, que de inmediato transmiten el veneno con el cual intoxican a la juventud argentina “, evaluaba el General Edgardo Vilas en agosto de 1976 (Vilas se desempeñó como jefe del “Operativo Independencia llevado a cabo en Tucumán en 1975).
Un folleto del Ministerio de Educación de la Nación, distribuido en 1977, con el título de “Subversión en el ámbito educativo. Conozcamos a nuestros enemigos “, venía a completar la tarea en todos los niveles considerados claves para anular este peligrosa corriente contraideológica: “El accionar subversivo se desarrolla (en los niveles preescolar y primario) a través de maestros ideológicamente captados que inciden sobre las mentes de los pequeños alumnos, fomentando el desarrollo de ideas o conductas rebeldes, aptas para la acción que se desarrollará en niveles superiores “.
Rupturas
En el terreno económico, el adversario elegido fue el estatismo, el intervencionismo, la “demagogia populista” y las excesivas regulaciones.
La actividad sindical debía necesariamente ser limitada y controlada, porque era clave para desarrollar un programa económico que ansiaba la disminución de la conflictividad laboral, para la consecución -sin oposición- de una baja generalizada de los salarios (Darío Martucelli y Maristella Svampa refieren que los sindicatos durante el periodo 1976-1983 tuvieron el mínimo poder desde 1950).
Antagonistas
Algunos de los “enemigos” elegidos fueron -además de la subversión- los exiliados; los periodistas extranjeros que hacían mención a los desaparecidos durante la realización del Mundial de Fútbol de 1978; las Organizaciones de Derechos Humanos; Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo; la misión de la Organización de Estados Americanos (OEA); los chilenos en 1979, por el diferendo con respecto a algunos límites territoriales; los ingleses en 1982, por el conflicto de las Islas Malvinas.
Los slogan de la dictadura militar, para contrarrestar “la campaña negativa” fueron:
“Los argentinos somos derechos y humanos”,“Usted sabe donde está su hijo en este momento”, “Achicar el Estado, para agrandar la Nación”, “La Argentina mejora su Estado”, “El control está en sus manos”, “Cambiábamos la reglas o seguíamos planeando”.
Saber gobernar
Oscar Landi estipula que “hasta los años 78 y 79, el gobierno militar operaba con la certeza de que estaba para quedarse, en el sentido de que dejaría transformaciones duraderas “.
La dictadura militar estaba convencida que, ellos a diferencia del “populismo”, sí sabían gobernar, y que venían a recuperar -según manifestaban convencidos- los momentos de esplendor que conoció anteriormente Argentina.
Esa “bella epoque” –decían- se había extraviado por las políticas erróneas que hicieron perder la grandeza que alguna vez fuera orgullo en el contexto internacional.
Capturar conciencias
En la dictadura, se usa a los medios como legitimador -a través de la comunicación y la propaganda- de un nuevo modelo de país y de sociedad.
Un mensaje manipulador que proponía “extirpar” los valores de la subversión y la izquierda que provocaban el desorden y la anarquía -también los enemigos externos que promovían una campaña anti-Argentina, cuando hablaban de la violación a los derechos humanos y las desapariciones- y por ende reafirmar, como fue señalado anteriormente, lo valores de un orden nacional y cristiano.
“La manipulación -tal como la definieran Mills y Baran- supone una operación consciente de control y persuación del público, es decir, una forma superior de dominio ideológico “, expresa el sociólogo Heriberto Muraro, dando cuenta que los mensajes manipuladores apelan a la irracionalidad del receptor o pueden ser lógicamente coherentes pero basados en premisas e informaciones incompletas o falsas, con el fin de alcanzar “una forma particular de control social “.
Si la manipulación es eficaz -como indica Muraro- cuando la persona se convence de que los valores o actitudes que le han sido impuestos son realmente suyos, el objetivo de la dictadura, con su “campaña” comunicacional, era restaurar un conjunto de creencias que se estipulaban que eran connaturales con la identidad argentina; propios de una forma de ser y actuar desde sus orígenes, tanto en el terreno político como económico
De esta forma, era coherente la exaltación -como asevera Oscar Landi- de un mensaje de “culpa colectiva”, trabajada sobre la consecuente “construcción del pasado en el discurso oficial” y validada por la cultura del miedo y el terror.
Para Muraro la política comunicacional del gobierno militar se proponía una “ justificación de la política de apertura económica (eliminación de aranceles y otras formas de protección de la industria), hasta mensajes destinados a inculpar a los padres por la posible conducta “subversiva” de sus hijos o al consumidor por los incrementos de los precios minorista”.
Cómplices
“Los militares no sólo secuestraron a las personas, secuestraron también a las ideas, a los valores y, fundamentalmente, convirtieron al periodismo en propaganda. En la Argentina, a diferencia de otros países, ellos mismos se establecieron directamente en los canales de televisión y controlaron lo que se iba a publicar en los diarios. Fue un control total. No solo eso, sino que tuvieron esos periodistas informadores que trabajaban para ellos “.
El relato de la periodista Norma Morandini sobre el férreo control efectuado por la Junta Militar sobre los medios de comunicación -pero también el de la complicidad de determinadas empresas periodísticas que avalaron manifiestamente una política de gobierno represora y excluyente- sitúa el papel de la comunicación en esos años tenebrosos.
Aunque para Morandini los medios estaban absolutamente controlados, no por eso dejaron de estar subordinados al poder militar.
No obstante, previo al golpe de 1976, algunos medios promovían la destitución de Isabel Perón.
Por ejemplo, el diario La Razón en los días previos titulaba en su tapa: “Es inminente el final. Toda esta dicho”; aunque no tan explícito como este periódico, La Nación, confirmaba: “Es inminente la asunción del poder por las Fuerzas Armadas” o “Aguárdece decisiones en un clima de tensión”; Clarín, por su parte, anunciaba: “Inminencia de cambios en el país”.
También el diario La Opinión desde sus páginas fue un ferviente entusiasta del golpe. Tiempo después en Abril de 1977, su director Jacobo Timmerman fue secuestrado, encarcelado, torturado y el diario fue cerrado.
Entretanto, mientras los cadáveres eran tirados al Río de la Plata y se sucedían los asesinatos, los vejámenes, las torturas y las desapariciones -como así también el reclamo insistente de Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo- los matutinos Clarín y La Nación se asociaban con el Estado en Papel Prensa, que les facilitaba la obtención de materia prima para sus tiradas, en detrimento de los otros diarios.
Por supuesto no podía ser menos la revista Gente quien - con su director periodístico a la cabeza, Samuel “Chiche” Gelblund-, avaló desde sus tapas el intento de recuperar Malvinas.
Otro testimonio impactante, que refuerza la complicidad con la dictadura militar de algunas empresas periodísticas, lo cuenta el de Eduardo Blaustein, periodista y escritor, autor del libro “Decíamos ayer: la prenda argentina durante la dictadura”, quien recupera un hecho denigrante para el periodismo argentino: “Cuando arreciaban las denuncias internacionales por lo que sucedía en el país en materia de derechos humanos, la revista Para Ti, de Editorial Atlántida, publicaba una página con unas postales troqueladas para que los lectores pudieran recortarlas. Se le pedía a las lectoras que enviaran esas postales, llenas de mensaje acerca de lo pacífico y próspero que era el país gracias a la Junta Militar, a los funcionarios de los países que no nos comprendían, para que de ese modo sí entendieran que los argentinos apoyábamos a la Junta, así como habíamos entendido que la guerra contra la subversión era justa y compartida por todos nosotros “.
Éramos pocos
La vergüenza extrema la ofrece en forma desnuda el periodista Mariano Grondona. Reafirma su posición en Carta Política de agosto de 1976: “¿Qué quedará en la Argentina sin la espada y sin la luz? ¿Quién querrá quedar en la historia como aquel que la privó de una de ellas? La Argentina es católica y militar. Ninguna responsabilidad hay más alta en este tiempo que el cuidado de esa “y”.
Da su conformidad con la “ardua” faena que le tocó en suerte a los militares, al evaluar en la misma publicación de abril de 1980, que “el mecanismo de agitación y propaganda del comunismo soviético, vía Cuba, estuvo detrás de la insurrección terrorista en la Argentina. Le dimos su merecido “.
Si para el editor de política de Página 12, Mario Wainfeld, el periodista es un integrante del sistema político -que como sistema de control sirve mucho y como difusor de ideas, sirve menos-, en este momento que estamos analizando, el periodismo cumplió eficientemente su cometido en estas dos funciones.
Algunos de lo ejemplos paradigmáticos lo constituyeron la complicidad manifiesta del periodista y relator de fútbol José María Muñoz o el del periodista Roberto Maidana, quienes invitaban a la población a sumarse y disfrutar de la “fiesta” del Mundial 78. Precisamente Muñoz hablaba -a tono con la publicidad oficial- de que los argentinos demostraríamos que éramos “derechos y humanos” y despotricaba contra la campaña “antiargentina” que era objeto el país, responsabilizando a la prensa internacional y a los exiliados en el extranjero.
Como olvidar la participación de José Gómez Fuentes, Nicolás Kasansew y Víctor Sueyro.
Desde el noticiero del ex canal estatal ATC (hoy Canal 7), fueron un sósten muy importante del esquema comunicacional que planteó el gobierno, avalando de forma gustosa con sus comentarios el proceso de Malvinas y siendo generadores del patrioterismo que desplegaron con toda su “artillería” los militares.
La memoria colectiva recuerda el programa de 24 horas de duración -conducidos por los locutores Cacho Fontona y Pinky- emitido también por la emisora pública.
La misión consistió en recaudar fondos destinados a colaborar en el sostenimiento económico de la guerra, monto que superó a todo el gasto operativo de la contienda bélica efectuado hasta ese interín.
Jugarse
Existieron algunas excepciones notables: periodistas valientes como Rodolfo Walsh –más allá de su ideología, que algunos de sus críticos cuestionan-, quien redactó la “Carta abierta a la Dictadura Militar”, murió en un tiroteo hace 30 años.
No se puede olvidar los ejemplos de Paco Urondo y Haroldo Conti, críticos de este sistema asesino tal como lo fue Walsh.
Cabe mencionar, del mismo modo, el papel que cumplieron El Buenos Aires Herald y la Revista Humor.
El diario escrito en inglés, a pesar de la conformidad expresada con el liberalismo económico impuesto por Martínez de Hoz, fue una de las pocas excepciones que denunció la violación sistemática de los derechos humanos, con su reguero de muertes y desapariciones.
En el caso de la revista humorística, desde sus páginas emprendió una cruzada en contra de la dictadura, que le valió en algunas oportunidades el secuestro de su tirada.
En conclusión, el periodismo no cumplió en su generalidad -si bien se encontraba fuertemente digitada y condicionada su actividad- en lo más mínimo con el precepto que recomienda Alberto Amato.
Para el periodista del diario Clarín, su función debe consistir en ser “un puente entre los hechos que suceden y parte de una sociedad que no sabe que esas cosas pasan “.
De más está decir que el rol del periodismo fue todo lo contrario y todavía se lo seguimos recordando y reclamando.
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