viernes, 18 de mayo de 2007

Identidades políticas y medios en los 90

El traumático adelantamiento del poder por parte del gobierno de Raúl Alfonsín, con su secuela hiperinflacionaria, fueron el escenario en el cuál te tocó asumir al presidente Carlos Menem.
Sus primeras acciones, explican los politólogos Danilo Martucelli y Maristella Svampa, implicaron una doble y contradictoria demanda de vastos sectores sociales: la restitución del vínculo entre gobernantes y gobernados -por el cuál muchos de sus electores comprendían dentro del modelo nacional-popular- y la de ejecutividad y eficacia frente a las conductas corporativas y el desorden económico.
Menem forja una identidad política donde a priori todos entran en la Nación, aunque el “hermanos y hermanas” refiere a una alteridad difusa y decide romper con el modelo de alteridad tradicional del peronismo, delimitado entre un amigo y un enemigo.
El “amigo” remitía al pueblo como referente de la Nación y al Estado como impulsor de un sistema nacionalista y populista. El enemigo era la oligarquía, los “vende patrias”, el capitalismo internacional, en sí el establishment.
En los 10 años que gobernó el menemismo -según el politólogo García Delgado-, se consolida una nueva forma de hacer política, determinando el epílogo de la política de masas. Esta yacía articulada por ideologías globalizadoras, con un fuerte componente solidario y vinculada a una concepción organicista del pueblo.


Ajustes

Menem da por concluido ese modelo populista y resuelve, como estipula la politóloga Inés Pousadela, desplazarse del populismo distribucionista propio de la tradición justicialista al reformismo neoliberal dominante en los años noventa.
“La transformación menemista del peronismo aparece así como el paso de una identidad basada en alter intersubjetivo (la oposición peronismo-antiperonismo) a una identidad por escenificación sustentada en la imagen del líder como punto de unificación de una sociedad poliforma “, señala el sociólogo Gerardo Aboy Carlés.
La consolidación de un omnipresente poder presidencial, consolida un modelo que disminuye el rol de los partidos políticos y del Parlamento, dirigiéndose -como analiza el García Delgado- hacia los poderes reales y optando por la incorporación al gobierno de factores de poder, contrastando con la anterior orientación institucional del alfonsinismo.
El partido se vuelve más profesional, enuncia García Delgado, adquiriendo un rol más restringido en las decisiones principales debido al peso que adquiere en este período la tecnocracia en la elaboración de las políticas públicas.
En este sentido, la economía adquiere un rol preponderante, autonomizándose de la política.
Cuando asume, Menem confía la gestión de la política económica a Bunge y Born.
Grupo empresario de orientación liberal, detentaba una posición que históricamente fuera rechazado por el peronismo, alejado del modelo de Ministros de Hacienda designados por Perón -caso Cereijo o Geldbard-.
La consecuencias de esta transformación están dadas, como explica García Delgado, cuando el gobierno determina cooptar al partido oficialista, el cuál termina racionalizando los lineamientos adoptados por los equipos económicos.
De esta manera, “las grandes decisiones están vinculadas al manejo económico y lo político se circunscribe a la contención simbólica y al consenso social “.
Se genera un consenso, promovido por el gobierno, sobre el agotamiento del modelo de Estado intervencionista y distribucionista.
“Los dos movimientos claves de la transformación producida son piloteados por la tecnocracia, que guía la constitución de las nuevas reglas de juego del Estado nacional con actores y provincias como la vinculación con los organismos internacionales “, considera García Delgado
Se dispone un profundo ajuste de la estructura económica del país, caracterizado por un repliegue ostensible de las funciones propiciadas previamente por el Estado benefactor. Se promueve el equilibrio de las cuentas públicas y la búsqueda de la eficiencia de los actores económicos -a través de un aumento de la competividad- por la cuál la apertura económica adquiría un rol vital.
Los cambios con el esquema político-económico constitutivo del peronismo no acabaron allí.
“Una de las sorpresas que va a deparar el gobierno de Menem va a ser que por primera vez atenta desde el peronismo contra el poder de los sindicatos. Ello se produce tanto por los requerimientos de confiabilidad del capital como por un estilo presidencial poco afecto a admitir poderes autónomos dentro del propio partido. En este sentido, el Presidente toma la decisión de confrontar sin piedad contra cualquier bolsón de resistencia que apareciera dentro del movimiento obrero, exigiendo una tajante ruptura con el pasado “, afirma García Delgado
El modelo de representación prohijado por el peronismo pasa del modelo de ciudadano al de consumidor, determinado por el predominio de la economía y la imposición de la lógica tecnocrática.


Apatía

El menemismo impugna la concepción de la acción transformadora que poseía antaño la política y se debilitan las pertenencias políticas y las clase sociales.
Se produce una crisis de las identidades políticas, como refiere García Delgado, “en la medida en que las formaciones político-ideológicas asociadas a determinados programas y clases sociales terminan haciendo en el poder lo contrario o algo muy distinto de lo prometido. El distanciamiento programático de la clase política volcada a un estilo de gestión pragmático y de ostentación, junto con el crecimiento de la corrupción, amplía esta fisura del ciudadano con el sistema político. Se constituye un modelo representativo que se aparta tanto del configurado durante el Estado social (partido predominante, democracia de masas, plebiscitaria) “.
Este periodo se destaca, en parecer de García Delgado, por ser un momento donde emergen nuevas pautas de acción política caracterizadas por la concurrencia de tendencias diferentes y antagónicas.
De la visualización de la política como acción transformadora, liberadora -con el “militante” como estandarte-, se pasa al modelo “profesional” que lleva a la desaparición de la amplia capa de activistas identificados con sindicatos, partidos políticos, universidades y organizaciones de base.
Este debilitamiento de las pertenencias políticas, surge según interpreta García Delgado, del incremento de la desafección política entre amplios segmentos sociales (desconfianza y rechazo hacia instituciones y componentes básicos del sistema democrático, como partidos, líderes y parlamento), como de la desvalorización de lo público y la creciente despolitización de la vida social.
Como resultado previsible, en esta etapa desaparece la problematización de los partidos políticos y se consolidan movimientos sociales y organizaciones no gubernamentales -que adquieren cada vez más visibilidad y protagonismo- adheridos, como dice García Delgado, a otras formas asociativas, vinculadas con lo socio-cultural.
“Esta política se establece en dos planos: el mundo de las elites, de la “macropolítica”, que articula intereses alrededor de bienes públicos (privatizaciones, espacios de poder, burocracia y control del aparato), y el de la “micropolítica”, vinculada a los movimientos sociales con incidencia en aspectos puntuales y municipales “, estima García Delgado.
No obstante, Menem logra mantener el imaginario peronista -más en lo simbólico que en lo real- pero le alcanza para legitimarse como un continuador de la política tradicional de peronismo, esbozando la necesidad de un imprescindible aggiornamiento a un nuevo tiempo del país y del mundo.
Señala que Perón plantearía en los 90 la misma política que acomete su gobierno, avalándolo con la rememoración de partes de sus discursos (situados en la segunda presidencia peronista), cuando se resuelve por necesidad un viraje en la política económica y se alienta la apertura y la llegada de capitales extranjeros.
En este sentido, el ex mandatario riojano sostenía que quiénes se oponían a las “transformaciones” operadas por su administración se habían quedado en el 46.


Sorpresas te da la vida

“En los años 90, el imaginario peronista se vacía. Las imágenes parecen multiplicarse y, sobre todo, se alejan y se depositan en el pasado, e incluso se oscurece o se problematiza su significación: por ejemplo, ¿qué quiere decir hoy, aun, la foto de Evita?. En efecto a pesar de las diferencias reconocidas entre el peronismo “clásico” y el peronismo menemista, sobre todo en cuanto al modelo societal se refiere, las preguntas parecen emplazarse en el terreno de las continuidades más que de las rupturas “. opinan Danilo Martucelli y Maristella Svampa.
Más continuidades desde lo emocional que desde lo conceptual porque se asiste a una clausura de las tradicionales banderas, íconos y ritos del peronismo tradicional.
De los tradicionales actos en Plaza de Mayo, organizados por el partido, la CGT y las 62 Organizaciones -en el cuál se le ofrendaba su adhesión incondicional y su “amor” al líder peronista del momento- se pasa a la Plaza del Sí, la denominación oportunamente efectuada por el periodista Bernardo Neustadt: desde su proprama de televisión azuzó a una convocatoria ciudadana para que se expresara un contundente apoyo al “rumbo” elegido por el gobierno.
De la clásica marcha peronista y su significativa e identitaria estrofa de “combatiendo al capital”, se troca a los encuentros con Alvaro Alzogaray y sus elogios a Menem por haber “enterrado” el estatismo intervencionista y fracasado del peronismo.
Se pasa a las “risitas” con María Julia Alzogaray, designada interventora de Entel y Somisa y encargada de llevar adelante sus respectivos traspasos a manos privadas.
Se suma la incorporación como adeptos del proyecto menemista de integrantes de la UCEDE, en el papel de diputados oficialistas, caso Adelina Dalesio de Viola, Alberto Albamonte y Francisco Duradoña y Vedia (este último, durante su cargo de diputado nacional, fue el encargado de presentar en 1993 un proyecto en el Parlamento, por el cuál solo bastaba los dos tercios de los presentes para declarar la necesidad de la reforma de la Constitución -y no los dos tercios de los miembros completos como exige la ley máxima del país-, que habilitaba de la ansiada reelección de Menem).
La frutilla de la torta estuvo dada por el abrazo con ex almirante Isaac Rojas, uno de los promotores del cruento golpe de estado de 1955 contra Perón.
Mario Eduardo Firmenich, conductor de Montoneros, confesó al programa “Lo pasado pensado” –conducido por el historiador Felipe Pigna- que se emitió por Canal 7, el 6 de mayo de 2007, que la alternativa que se le presentó a este movimiento guerrillero, estuvo dada por secuestrar a Eugenio Aramburu o a Rojas. “Para la mayoría de los peronistas hubiera sido más simpático Rojas”, confesó Firmenich, por el “más odiado”, expresando el antagonismo que suscitó históricamente esta figura.
Menem exhortaba, con este gesto, a dejar atrás el pasado y y enunciaba que esta foto promovía el reencuentro y reconciliación entre enemigos de antaño, permitiendo la pacificación de los argentinos.
Pese a todo esto, se hace una concesión simbólica: se repatría los restos mortales del ex presidente Juan Manuel de Rosas, para demostrar que es un gobierno todavía ligado a la liturgia nacionalista, ícono muy caro a la memoria peronista.
¿Por qué si el peronismo ha muerto, los electores siguen votando por el justicialismo?
se preguntan Danilo Martucelli y Maristella Svampa.
La respuesta que ellos dan consiste en “subrayar, una vez más, los factores emocionales del liderazgo carismático, la manipulación de las masas, la fuerza de la nostalgia. En su expresión mínima, esta visión acepta como calificativo la definición que los sectores populares dan del peronismo: el peronismo es un sentimiento “.
Como se sabe, contra los sentimientos es muy difícil luchar, aunque lo experimentado demuestre otra realidad.

Farandulización

“Salariazo”, “Revolución productiva”, “Síganme, no los voy a defraudar”, “Avancemos”, “Vamos a cambiar la historia”, “A triunfar, a triunfar, a triunfar”, eran algunas de las exteriorizaciones proclamadas por Carlos Menem.
El lenguaje político de Menem se apoyaba sobre una simbología populista, como reafirman Martucelli y Svampa.
Pero ya nada iba a ser como antes, pese a la enunciación vacía de esas promesas.
“El nuevo estilo pragmático volcado a lo económico pondrá énfasis en la gestión y en la imagen mediática y menos en el discurso y en lo conceptual “, sostiene García Delgado
En este contexto, se puede inscribir ese privilegio de la imagen mediática que promueve el menemismo, que se transforma concretamente en un mensaje muy claro de la instalación de un nuevo tiempo de despolitización.
Se matizaba, por ejemplo, con la imagen de Menem jugando al fútbol y al básquet con integrantes de las selecciones argentinas de esos dos deportes; el mostrarse subido a una Ferrari o la recepción en La Casa Rosada de deportistas y miembros de la farándula como actores y músicos.
Coherente con esta postura, la deslegitimación y desmantelamiento del modelo populista-distribucionista que impulsa el gobierno, está íntimamente ligado según Martucelli y Svampa, a “la revalorización del triunfo individual “, en contraposición a las formas colectivas de cambio político, económico y social.


El living y la calle

De acuerdo a la opinión de García Delgado, esta mediación entre la sociedad y el Estado es reemplazada por los medios de comunicación, un nuevo asociacionismo y por el pasaje de la condición de militante a la de “elector”.
A tono con la tecnocracia que asume el control del Estado y el manejo de las políticas pública, surgen las consultoras políticas, quienes profundizan el marketing político.
Los académicos y algunos especialistas en comunicación política y medios discuten en televisión y reflexionan sobre las pautas que definen a esa coyuntura.
La opinión pública alcanza el status de sujeto político, creando una determinada agenda pública y los políticos y los ciudadanos “piensan” de acuerdo a la impronta que instituye lo mediático.
Se construye una realidad pero no toda la construcción política pasa solo por los medios, porque todavía quedan (aunque muy tenuemente) esas alegorías de “tribuna”, citadas al comienzo, que rememoran ese vieja identidad peronista.
Los medios de comunicación complementan este cambio en las nuevas formas de construir política: por un lado dando lugar, como vimos anteriormente, al “discurso” del mundo de los “especialistas”; por el otro lado otorgándole espacio de expresión a la constitución de nuevos actores sociales, como los excluidos (los piqueteros), surgidos como productos de la desarticulación económica.
Con respecto a la participación de estos nuevos movimientos, los medios realizan una cobertura de las protestas de los ex trabajadores de YPF y de los mineros de Hipasan.
Ocupan La Plaza de Mayo y del Congreso, para ser vistos en la televisión por todos, en pos de la amplificación de sus demandas y reclamos.


Funcionales

Sin embargo, la sucesión de coberturas mediáticas de lo diversos conflictos quedaron como anécdotas, sin la profundización necesaria.
“El periodista está lidiando siempre con lo que es de interés público y lo que interesa al público. Explicar las causas y consecuencias profundas de la concentración de la riqueza y de los modelos económicos es de un enorme interés público. Pero no interesa a mucho público porque requiere un background y una competencia de lectura que no mucha gente tiene. Entonces es menos exitoso explicar todo eso que contar la historia de un canalla corrupto. Eso lo consume todo el mundo. Pero lo que esto produce es un lavado de cerebro colectivo y los medios son directamente responsables de ello “, cuestiona Jorge Halperín, periodista de Capital Intelectual -editora de los productos de Le Monde Diplomatique Cono Sur-.
No es equivocado manifestar que, durante este período, las empresas periodísticas fueron funcionales al modelo menemista ya que -igual que algunos dirigentes políticos de ese momento- martillaron insistentemente con la corrupción del gobierno y no pusieron el debido énfasis, con algunas excepciones, en explicitar el modelo económico de entrega de los bienes colectivos, exclusión y pauperización.
La prensa no supo entender (o si lo hizo lo ocultó muy bien) que, como refiere el economista Eduardo Basualdo, la corrupción es constitutiva del modelo estructural del capitalismo de fines del siglo XX e inherente al modo de acumulación conformado en Argentina a comienzos de los 90, que reconocía como su puntal el proceso de privatizaciones de las empresas estatales.
Más grave aún es considerar la ideología perniciosa que instituyó esta práctica.
“La construcción de un periodista-denunciante deja en claro tres cuestiones: 1) las denuncias que no se profundizan sólo erosionan el sistema sin producir un mejoramiento democrático institucional; 2) en la base de esas denuncias, el foco está puesto en el corrupto, jamás en el corruptor quien, generalmente, responde a los cánones de la construcción del nuevo liderazgo despolitizado y acumulador, y 3) las confrontaciones con representantes de instituciones debilitadas por los embates que se apoyan en el pensamiento único son funcionales al consenso necesario para el mantenimiento y la profundización de esta nueva concepción del mundo ”, reflexionan Stella Martini y Lila Luchessi, investigadoras en medios masivos.
Si indagar en el campo de lo no dicho determina hasta qué punto esa independencia es tal, como plantean Martini y Luchessi, el rol que desempeñaron los medios demuestra que no pudieron, no supieron o no quisieron “desmontar” ese perverso esquema político-cultural, que hubiera permitido que fuese entendido, criticado y tal vez modificado.
Nos encontraríamos muy cercanos, entonces, de la valoración que formula Lidia Fagale, Secretaria de Asuntos Profesionales de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA).
Sobre el cuestionamiento de la responsabilidad social de los comunicadores y de las condiciones de su práctica profesional, indica: “Algunos dicen que no hace falta censurar a los periodistas del mundo, dado que prima un sentido común respecto del pensamiento único, donde el periodista naturalmente sabe, naturaliza, la realidad que debe describir. Con esto no digo que sea masivo ni que abarque a todos. Pero son procesos que van observando y también lo escriben los propios periodistas, lo van diciendo los propios periodistas “.

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